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SABELA SENN LOZOYA

VIDA DE ARTISTA



Hoy siento que el mundo gira hacia atrás, echo de menos cosas que antes echaba de más, siento que el tiempo destroza lo que con esfuerzo logró crear, me siento como una desconocida ante un espacio que ha cambiado, o que he cambiado.

Bueno, yo nunca he tenido las cosas claras, ¿sabes? Siempre he sido una persona que se encariña fácilmente, y luego se lleva los chascos del siglo. A veces creo que hay cosas que no podré cambiar, y luego en menos que canta un gallo he cambiado de parecer, como cuando de niña decía: "no, nunca pisaré una discoteca, ni saldré de noche, ni fumaré" como si siempre fuera a ser esa pequeña personita inocente. Sigo enamorada de lo que me hace mal, con vicios que no llevan a ninguna parte y tiempo gastado en mil tonterías con las que no aprenderé ni me servirán de nada.

Pero lo cierto es que nunca me costó nada ser feliz, y eso vale más que todo el oro del mundo. Soy capaz de pasar horas sola sin aburrirme, y de encontrar diversión en el más ínfimo detalle, y me siento obsequiada por ello, como si nada pudiese frenarme, con el mundo entero a mis pies.

Pero a veces las cosas más insólitas me cambian el rumbo, como olas que rompen contra el ritmo constante, como si el jardín se quisiese comer el cielo, como si no existiera un tú y un yo que forman una cadencia imperfecta.



Sabela Senn Lozoya

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El frío de la noche le helaba las entrañas. Casi ni podía concentrarse en lo que era sumamente necesario. Esta vez los molestos mosquitos del verano no estaban —habrían muerto helados— pensó. Tenía toda la noche por delante, y un libro que esperaba ser repasado al cien por cien. La alta velocidad a la que su corazón bombeaba sus litros de sangre también le ponían los nervios a flor de piel. Nunca lo conseguiría.

De repente sintió otra oleada de frío, su vista se fijó en el cenicero, el cigarro otra vez se había consumido. Sacó otro del paquete, le dió una extensa calada y lo paseó por toda la habitación. Sabía que el calor que desprendía era tremendamente reconfortante, y le daba esperanzas. Tras horas estudiando quiso hacer una pausa, para que su cerebro pudiese calibrar toda esa información, y clasificarla a su debido tiempo.

Los ronquidos de su compañero de habitación servían de excusa para ese posible suspenso, pero así iban las cosas, uno estudiaba, el otro dormía. Al ver a Norberto, también él quiso tumbarse y relajarse un rato, pero esa era la única cama, nada podía hacer, y siguió fumando, sin saber que así comenzaba uno de los vicios más absurdos del planeta. Cogió un periódico local, sección de chistes, necesitaba ánimos, hubiese dado su reino por una mujer que lo distrajera, pero lamentablemente esa opción era nula. Fijó la vista en las parodias de títulos televisivos. La mayoría de ellos eran poco ingeniosos e incluso repetitivos. Tuvo la impresión de haberlos visto con anterioridad. Sólo uno consiguió captar su atención.

La portada era sencilla, una muchacha rubia sonriente con unas montañas detrás, al estilo Heidi. El título fué el que consiguió hacerlo estallar en una carcajada tan profunda que despertó a su compañero de habitación. Una carcajada que, por extraño que parezca, consiguió concentrarlo de nuevo, para enfrentarse a la cruda realidad.

Al día siguiente, tras salir del examen tremendamente cansado, llegó a su casa y se tumbó en la cama, era su turno para dormir. Y pensó en aquella mujer de la portada, pero hombre, "¿acaso no ves que ella nos hace señas desde lo alto de la cima y nos invita a subir?" Ahora la veía, a esa preciosidad rubia diciéndole "duerme, que en tus sueños soy por y para ti".


Sabela Senn Lozoya
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En 1924 un médico llamado François Boisent enumeró una a una todas las anomalías físicas y mentales que se producen cuando una persona se enamora. Al principio, afirmaba Boisent, el enamoramiento tiene numerosas similitudes con procesos gripales: estado febril, dilatación de pupilas, palpitaciones, sudoración, temperatura alta y disminución del pensamiento periférico.

El mal de amores cursa los primeros días como un catarro, pero a lo bestia, hasta que el paciente se habitúa a la presencia de la persona amada. Después, los síntomas, en lugar de remitir como sucede en los procesos gripales, se multiplican.

El enamorado pierde el apetito, pasa las noches en vela, con gran ansiedad, y se entrega al aislamiento y la soledad, y aunque el paciente sabe lo que le está pasando, no hay antibiótico ni antigripal que le alivie. La vida sin la persona amada se convierte entonces en un infierno. En función del organismo afectado, su periodo de recuperación puede ser de unos días o convertirse en una enfermedad crónica.

Un desasosiego para toda la vida.


De "Los hombres de Paco"
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Era uno de esos días en los que te mueres del asco y no sabes que hacer. El tiempo pasa de forma lenta y pausada mientras miras el reloj deseando que pase algo que te dé un vuelco al corazón. Pero es evidente, nunca acaba pasando nada, salvo más y más tiempo, más y más lento.

Noté que las horas más lentas de mi vida estaban pasando, y recordé que tenía que trabajar en la academia. Nunca me hará tanta ilusión un trabajo como me hizo aquel en ese mugriento día. De todos modos salí de casa antes de tiempo, como si me sobrase. Llovía bastante, y las gotas de agua estaban bien cargadas. Una de ellas, gorda como el viejo de los regalos, se me metió dentro de la ropa, y pude sentir el escalofrío en mi pecho, frío y breve. Pero tan pronto como vino, se secó.

Cuando llegué a la academia me abrió la otra chica, esa que nunca habla conmigo, solo con esos pequeños monstruitos que tantos quebraderos de cabeza dan. La profesora estaba dentro, y oí una voz infantil preguntar con ansia si la que llegaba era Sabela.

Me hice paso entre los abrigos hacia la clase, dejando mi violín apoyado en una mesita en el recibidor, y cuando llegué vi unos pequeños ojos saltones que me miraban desde abajo, sonriendo tímidamente. La profesora me dijo que Ana tenía algo para mí, y que me lo quería enseñar ya, había esperado demasiado y con mucha impaciencia.

Ana me cogió de la mano y me llevó al recibidor, y encima de la mesita donde había apoyado a mi querido compañero de viaje había una hoja seca de árbol muy grande. Ana la cogió y me la puso en la mano. Fué entonces cuando me di cuenta de lo mucho que me gustan los pequeños detalles de la vida, porque al final lo que solemos recordar es anecdótico, al menos en mi caso.


Incluso puedo decir que me emocioné, pues que me regalara algo, por insignificante que fuera, dejaba claro que mi principal esfuerzo había dado sus frutos. Lo único que buscaba en un principio era llegar a ellos. Y lo complicado que fué, y lo bien que me sentí al comprobar que todo había salido bien.

Y así fué como mi fatal día mejoró súbitamente.



Sabela Senn Lozoya


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Hoy, sé que he hecho cosas de las que no debería sentirme orgullosa, sé que en alguna ocasión he obrado mal y sé que lo más probable es que fuese consciente de todo aquello.

Hoy digo que no merece la pena arrepentirme de nada, porque todo es distinto para cada rostro, cada mirada, cada sentimiento apasionado.

Hoy pienso que no soy un borrador en el cual corregir faltas de ortografía o expresiones absurdas que no llevan a nada. Realmente seré yo todos los días, y sin esos pequeños fallos no sería nadie. Sé que todos tenemos algo especial, y que ese algo especial no está caracterizado para que todo el mundo lo encuentre, por eso, quien lo encuentra es, a ciencia cierta, alguien que de verdad merece la pena.

Por eso hoy, lo único que me destronaría sería que esa gente para mí preciada, perdiera de vista ese algo que tengo que me hace ser distinta al resto.


Sabela Senn Lozoya

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Andante

Se acercó a la ventana húmeda y limpió las zonas empapadas por el vapor de la lluvia en verano. Porque a veces, cuando la soledad quemaba, un rayo de luz se filtraba por aquella persiana, la persiana de su alma, y un manto estrellado caía en picado, como el escenario de un sueño, y las luces se apagaban.

Cuando despertó, supo la cantidad de gente que había en su casa, toda su familia. Era domingo, y las comidas familiares no eran muy comunes, pero siempre hay que hacer excepciones, y tenían un buen motivo para dejar al rencor ahogarse en el pasado y unir fuerzas para lograr sobrevivir. De pronto se percató de que su último traje de concierto estaba sobre la cama, era el más raído de todos, aquel que no habían conseguido vender, pero le sentaba bien, aún con ese aspecto triste, raquítico, casi al borde de la anorexia. Se lo puso, y también una flor del jardín en el pelo, para alegrarles la vista a sus familiares. Sus primos pequeños estaban histéricos, corrían por el pasillo dando saltos y zancadas. También le pareció oír ruidos de muebles al moverse, las sillas para el comedor, fue lo primero que pensó, pero de pronto notó que cesaban, y la curiosidad le pudo, y salió al encuentro.

A tempo ritardato

El pasillo estaba desierto, y el largo tramo hasta el salón le ponía los nervios a flor de piel. Pensó en su muerte por primera vez, ¿sería tan angustiosa? Sabía que se estaba muriendo, pero no sentía esa presencia fría y desagradable que se la llevaba lentamente, al menos no del todo. Llegó a la sala.

Calderón

La larga hilera de sillas estaba ahora en semicírculo, rodeando el piano, su piano, el viejo piano con las teclas descosidas. Examinó la situación, y por último el atril. Los espectadores esperaban intactos el gran concierto de despedida, y ella no sabía cómo llorar, así que no lo hizo. 

El programa era extenso; Mozart, Schubert, y una lista interminable de nombres sin importancia, porque en aquella situación no le importaba nada un simple nombre.

Rubateando

Se sentó en la banqueta y con actitud solemne, trató de concentrarse, pero de pronto, solo recordaba aquella vieja canción de la infancia que hablaba de tres ratoncitos ciegos. Y nada más. El mareo hizo que el suelo se acercara a ella con rapidez, y la debilidad no la dejaba sonreír de alegría.

Al cabo de unas cuantas horas sus padres salieron de su habitación e hicieron un gesto negativo al resto de la familia. Uno de los pequeños preguntó si podía volver a jugar, otro lloró, y el último fue a tocar el piano con la vista baja.

Morendo

Nunca pensé que el frío calentara mi cuerpo sin vida, que me devolviera la calma, después de la tempestad.



Sabela Senn Lozoya


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Tal vez no sea yo la persona más indicada para hablar de mí misma, pero sí que puedo decirte lo que sé que soy. Soy artista porque soy música, porque soy violinista, porque soy pedagoga del lenguaje musical, porque soy musicoterapeuta, y porque, recientemente, puedo decir con orgullo que soy escritora.

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