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SABELA SENN LOZOYA

VIDA DE ARTISTA

Me encuentro en una ciudad inmensa, y a mi alrededor pasan muchas personas insólitas. Diferentes estilos y nacionalidades. Gente que habla distintas lenguas.

Estoy quieta en medio de una calle muy transitada y, por extraño que parezca, la gente no se fija en mí, solo existo para ser esquivada, cual estatua de John Cage. Esto me lleva a poner el cronómetro en mi reloj. Tengo cuatro minutos. Treinta y tres segundos.

Creo que esta ciudad es Nueva York, pero no lo tengo demasiado claro, ni siquiera reconozco algunos de los edificios. Es curioso, llevo cuatro años aquí y sin embargo me siento aún como una extraña. La muchedumbre comienza a espesar y los empujones me obligan a moverme paulatinamente. Ya ha pasado un minuto.

Me fijo en diferentes vestimentas. Hay personas con cascos enormes, con gorros con pompones, con capuchas en forma de pico con cascabeles. Hay gente con bolsos, con mochilas, con maletines, gente sin nada. Hay tipos altos que van vestidos elegantemente y que llevan mucha prisa. Algunos de ellos hablan por un teléfono móvil de última generación. Hay hombres negros, mujeres chinas y niños japoneses. Han pasado dos minutos.

Distingo a mi derecha un estanco y mi cuerpo se para ante él. Me aproximo y compro una caja de cigarrillos Camel. El vendedor me mira con gesto ausente, como el resto del mundo. Han pasado tres minutos.

Sigo andando, esta vez con más soltura. Saco del paquete un cigarro dispuesta a fumármelo, pero no tengo fuego. Se lo pido a un hombre que está esperando apoyado sobre una farola. Para encenderlo aspiro y un aire caliente corroe mis entrañas quemándolas suavemente. Me duele, pero no doy muestras de ello. No fumo desde hace años. Voy caminando por todo lo ancho de la calle hasta llegar a una masa gigante que sobresale de la tierra. Han pasado cuatro minutos.

Entro en ese edificio de inmensidades monstruosas y subo las escaleras como si me fuera la vida en ello. Al llegar al cuarto piso miro el reloj. Treinta segundos. 

Tres.

Dos.

Uno.

Una vez la cuenta atrás ha finalizado el tiempo pasa a ocupar un claro segundo plano. Un fuerte impacto me golpea y me hace caer al suelo. El resto de las personas que están a mi alrededor también han sido víctimas del mismo destino. El suelo se tambalea y las paredes rechinan. El ambiente se torna gris y se puede observar la desesperación en los rostros más cercanos. No comprendo qué es lo que pasa pero algo me obliga a buscar una salida a aquel infierno. De pronto siento que me asfixio. El ambiente está cargado de humo y sudor. Veo a lo lejos un hueco de claridad. Me abandono a mis sentidos, y es en ese momento, por paradójico que parezca, cuando tomo total conciencia de todo mi ser.

Comienzo a correr hacia la luz, hacia el aire sin contaminar, y me lanzo al vacío. Estoy volando. 




Esta entrada al blog fue escrita en el 2010, cuando tenía 17 años.

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Esa eterna duda


—Y tú, ¿qué haces para olvidar?

—¿Olvidar el qué?

—Supongo que olvidarme a mí, pero creo que mejor Preguntaré cómo olvidar en general.

—No lo sé, es imposible saberlo. No se hace nada, más que esperar a que pase el tiempo. Es como si pusieras un vaso debajo de un grifo abierto, se llena de agua, y luego va saliendo la que estaba y va entrando otra, pero siempre está lleno. Y al final... Quién sabe, puede quedar algo del principio, o no. Esa es la gracia.


"Debemos estar dispuestos a dejar ir la vida que planeamos para tener la vida que nos espera." Joseph Campbell

 




Sabela Senn Lozoya

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Era una tarde de invierno tan fría como aburrida... no, creo que más que aburrida era lenta, demasiado lenta para mi gusto. Pasé la tarde subrayando aquellas frases que me hacían sentir algo, ya fuese un escalofrío o tal vez una sonrisa de pronto dibujada en mi cara.

Llegué a muchas conclusiones en muy poco tiempo y, por lo tanto, muchas de ellas equivocadas. Pasé el día pensando únicamente en mi, aplicando a mi vida todo lo aplicable, todas las causas o explicaciones de mi estado y, aunque no sirvieran, me arropaba en ellas en el momento en que una lágrima resbalaba tímidamente por mi mejilla, hasta ser saboreada, salada como el mar en verano.

Pensé en una vida futura que se pudiese asemejar a esa tarde amarga, y no me gustó en absoluto, así que decidí hacer algo para cambiar, dar un vuelco de trescientos sesenta grados... ¿Pero en qué? Es extraño cuando sabes a la perfección cómo te gustaría que fuese tu vida en diez o veinte años, pero más extraño es cuando no sabes cómo debes comportarte para que todo salga según lo previsto.

Es inusual el ver a una chica risueña a la que todo le sale bien y de la forma exacta que lo planeó, pero eso nunca le sucede a nadie, nada es lo que parece y, sobre todo, las mayoría de cosas no ocurren de manera fortuita.


Una infancia adorando a una misma persona, para en la adolescencia no saber si ese sentimiento fue el acertado. Una vida amando, para luego no sentirse amado. Una vida al abrigo de un hogar, para luego sentirte atado a él, y querer escapar. Y ya lo dijo Fermín, que en el momento en que te paras a pensar si quieres a alguien, ya le has dejado de querer para siempre. No hay vuelta de hoja, has crecido, ahora te toca a ti vivir.



Sabela Senn Lozoya
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Hoy siento que el mundo gira hacia atrás, echo de menos cosas que antes echaba de más, siento que el tiempo destroza lo que con esfuerzo logró crear, me siento como una desconocida ante un espacio que ha cambiado, o que he cambiado.

Bueno, yo nunca he tenido las cosas claras, ¿sabes? Siempre he sido una persona que se encariña fácilmente, y luego se lleva los chascos del siglo. A veces creo que hay cosas que no podré cambiar, y luego en menos que canta un gallo he cambiado de parecer, como cuando de niña decía: "no, nunca pisaré una discoteca, ni saldré de noche, ni fumaré" como si siempre fuera a ser esa pequeña personita inocente. Sigo enamorada de lo que me hace mal, con vicios que no llevan a ninguna parte y tiempo gastado en mil tonterías con las que no aprenderé ni me servirán de nada.

Pero lo cierto es que nunca me costó nada ser feliz, y eso vale más que todo el oro del mundo. Soy capaz de pasar horas sola sin aburrirme, y de encontrar diversión en el más ínfimo detalle, y me siento obsequiada por ello, como si nada pudiese frenarme, con el mundo entero a mis pies.

Pero a veces las cosas más insólitas me cambian el rumbo, como olas que rompen contra el ritmo constante, como si el jardín se quisiese comer el cielo, como si no existiera un tú y un yo que forman una cadencia imperfecta.



Sabela Senn Lozoya

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El frío de la noche le helaba las entrañas. Casi ni podía concentrarse en lo que era sumamente necesario. Esta vez los molestos mosquitos del verano no estaban —habrían muerto helados— pensó. Tenía toda la noche por delante, y un libro que esperaba ser repasado al cien por cien. La alta velocidad a la que su corazón bombeaba sus litros de sangre también le ponían los nervios a flor de piel. Nunca lo conseguiría.

De repente sintió otra oleada de frío, su vista se fijó en el cenicero, el cigarro otra vez se había consumido. Sacó otro del paquete, le dió una extensa calada y lo paseó por toda la habitación. Sabía que el calor que desprendía era tremendamente reconfortante, y le daba esperanzas. Tras horas estudiando quiso hacer una pausa, para que su cerebro pudiese calibrar toda esa información, y clasificarla a su debido tiempo.

Los ronquidos de su compañero de habitación servían de excusa para ese posible suspenso, pero así iban las cosas, uno estudiaba, el otro dormía. Al ver a Norberto, también él quiso tumbarse y relajarse un rato, pero esa era la única cama, nada podía hacer, y siguió fumando, sin saber que así comenzaba uno de los vicios más absurdos del planeta. Cogió un periódico local, sección de chistes, necesitaba ánimos, hubiese dado su reino por una mujer que lo distrajera, pero lamentablemente esa opción era nula. Fijó la vista en las parodias de títulos televisivos. La mayoría de ellos eran poco ingeniosos e incluso repetitivos. Tuvo la impresión de haberlos visto con anterioridad. Sólo uno consiguió captar su atención.

La portada era sencilla, una muchacha rubia sonriente con unas montañas detrás, al estilo Heidi. El título fué el que consiguió hacerlo estallar en una carcajada tan profunda que despertó a su compañero de habitación. Una carcajada que, por extraño que parezca, consiguió concentrarlo de nuevo, para enfrentarse a la cruda realidad.

Al día siguiente, tras salir del examen tremendamente cansado, llegó a su casa y se tumbó en la cama, era su turno para dormir. Y pensó en aquella mujer de la portada, pero hombre, "¿acaso no ves que ella nos hace señas desde lo alto de la cima y nos invita a subir?" Ahora la veía, a esa preciosidad rubia diciéndole "duerme, que en tus sueños soy por y para ti".


Sabela Senn Lozoya
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En 1924 un médico llamado François Boisent enumeró una a una todas las anomalías físicas y mentales que se producen cuando una persona se enamora. Al principio, afirmaba Boisent, el enamoramiento tiene numerosas similitudes con procesos gripales: estado febril, dilatación de pupilas, palpitaciones, sudoración, temperatura alta y disminución del pensamiento periférico.

El mal de amores cursa los primeros días como un catarro, pero a lo bestia, hasta que el paciente se habitúa a la presencia de la persona amada. Después, los síntomas, en lugar de remitir como sucede en los procesos gripales, se multiplican.

El enamorado pierde el apetito, pasa las noches en vela, con gran ansiedad, y se entrega al aislamiento y la soledad, y aunque el paciente sabe lo que le está pasando, no hay antibiótico ni antigripal que le alivie. La vida sin la persona amada se convierte entonces en un infierno. En función del organismo afectado, su periodo de recuperación puede ser de unos días o convertirse en una enfermedad crónica.

Un desasosiego para toda la vida.


De "Los hombres de Paco"
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Era uno de esos días en los que te mueres del asco y no sabes que hacer. El tiempo pasa de forma lenta y pausada mientras miras el reloj deseando que pase algo que te dé un vuelco al corazón. Pero es evidente, nunca acaba pasando nada, salvo más y más tiempo, más y más lento.

Noté que las horas más lentas de mi vida estaban pasando, y recordé que tenía que trabajar en la academia. Nunca me hará tanta ilusión un trabajo como me hizo aquel en ese mugriento día. De todos modos salí de casa antes de tiempo, como si me sobrase. Llovía bastante, y las gotas de agua estaban bien cargadas. Una de ellas, gorda como el viejo de los regalos, se me metió dentro de la ropa, y pude sentir el escalofrío en mi pecho, frío y breve. Pero tan pronto como vino, se secó.

Cuando llegué a la academia me abrió la otra chica, esa que nunca habla conmigo, solo con esos pequeños monstruitos que tantos quebraderos de cabeza dan. La profesora estaba dentro, y oí una voz infantil preguntar con ansia si la que llegaba era Sabela.

Me hice paso entre los abrigos hacia la clase, dejando mi violín apoyado en una mesita en el recibidor, y cuando llegué vi unos pequeños ojos saltones que me miraban desde abajo, sonriendo tímidamente. La profesora me dijo que Ana tenía algo para mí, y que me lo quería enseñar ya, había esperado demasiado y con mucha impaciencia.

Ana me cogió de la mano y me llevó al recibidor, y encima de la mesita donde había apoyado a mi querido compañero de viaje había una hoja seca de árbol muy grande. Ana la cogió y me la puso en la mano. Fué entonces cuando me di cuenta de lo mucho que me gustan los pequeños detalles de la vida, porque al final lo que solemos recordar es anecdótico, al menos en mi caso.


Incluso puedo decir que me emocioné, pues que me regalara algo, por insignificante que fuera, dejaba claro que mi principal esfuerzo había dado sus frutos. Lo único que buscaba en un principio era llegar a ellos. Y lo complicado que fué, y lo bien que me sentí al comprobar que todo había salido bien.

Y así fué como mi fatal día mejoró súbitamente.



Sabela Senn Lozoya


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Tal vez no sea yo la persona más indicada para hablar de mí misma, pero sí que puedo decirte lo que sé que soy. Soy artista porque soy música, porque soy violinista, porque soy pedagoga del lenguaje musical, porque soy musicoterapeuta, y porque, recientemente, puedo decir con orgullo que soy escritora.

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